¿Y tú, estás en deuda?

Sentirte en deuda puede convertirse en una trampa que no te deja vivir tu propia vida.

Si estás cuidando a tu madre o tu padre y te sientes culpable si no lo haces la respuesta es sí, estás en deuda.

No es que lo estés realmente pero te sientes en deuda de todas formas. Y si te sientes en deuda pues claro, crees que estás en deuda.

En deuda por todo lo que han hecho por ti. Por darte la vida, criarte, alimentarte, vestirte, darte una educación, darte afecto, atención…

La verdad es que no sabes muy bien por qué, por eso se llama inconsciente, pero te sientes en deuda.

En realidad son muchas y grandes cosas es cierto. Y qué vas a hacer tú, tienes que cuidarlos, no queda otra.

Porque, aunque tampoco se sabe muy bien por qué, todos, incluso tú misma, habéis acordado que así sea.

Aunque probablemente no se pronunciara nunca una palabra al respecto.

Nadie lo dijo pero todos lo sabían. Tú también.

Y encima no es fácil, porque además de estar abonada al centro de salud, y estar agotada, surgen disputas, peleas, desencuentros, rencores, y se hace más difícil aún.

Y sé, por propia experiencia, que a veces dan ganas de tirarla por la ventana.

Digo “tirarla” porque a mí me pasó con mi madre.

Me quedé en casa. Primero por comodidad, después por comodidad y para que mi madre tuviese compañía.

Después porque mi madre me necesitaba.

Ni mis trabajos ni mis proyectos cuajaban y de mis relaciones de pareja sin comentarios.

Me fui varias veces de casa de mi madre pero siempre volvía.

Mi lealtad familiar me impedía “traicionarla”, ella me reclamaba y yo estaba dispuesto a renunciar a mi vida.

Aún recuerdo cuando estaba fuera y me decía.

“¡Hay que ver que no me llamas!”,

o

“¿Cuándo vas a volver?”

Un bonito chantaje emocional.

Pero yo al volver a casa no estaba bien y ella, en el fondo, tampoco.

Porque yo era su hijo.

No su marido, ni su padre.

Porque ella era mi madre.

no mi mujer, ni mi hija.

Y cuando no estás en tu sitio no te sientes bien.

A veces pasa, hay mucha confusión. Y por amor, malentendido claro, nos ponemos donde no toca.

Nos confundimos y creemos que estamos haciendo lo correcto. Lo que debo hacer.

Lo que tengo que hacer.

Y eso “tengo que” puede enterrarte en vida.

O puedes cambiarlo por “lo que quiero es…”

No voy a decirte que es fácil. Para mí no lo fue.

Pero sí te digo una cosa.

Puedes hacerlo.

No es algo que tengas que hacer, claro está.

El “tengo que…” no es un buen consejero.

Pero si quieres hacerlo, si crees que ya es hora de vivir tu vida, entonces hazlo.

Y no tienes por qué hacerlo sola.

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