Cuando quieres matar a tu bebé

Lo que hay detrás de los pensamientos que más nos asustan.

—Salí de la habitación porque ya no podía más. Estaba furiosa, agotada, histérica.

Otra noche que la niña no conseguía dormir, y que yo tampoco podía descansar. Llevo mucho tiempo así y estoy agotada, rabiosa, triste y frustrada.

Yo intentaba darle el pecho y calmarla, pero ella estaba muy nerviosa y lloraba a pleno pulmón mientras me pateaba el vientre con sus piernecitas.

La verdad es que me hacía daño, tan pequeña y con tanta fuerza.

Entonces me mordió el pezón con sus encías y una oleada de dolor recorrió todo mi cuerpo.

La empujé en la cama y salí de la habitación.

El padre se quedó con ella mientras la niña lloraba desconsoladamente, aún más fuerte.

Sentí una rabia tan intensa que caí de rodillas y empecé a golpear con todas mis fuerzas el sofá.

Entonces lo visualicé.

Empecé a imaginar que mataba a mi hija con mis propias manos.

Yo gritaba y lloraba al mismo tiempo…

Hasta que me derrumbé en el suelo.
 
—Soy un ser despreciable, una madre terrible, un monstruo. —Me dije.

Mientras sollozaba en el suelo en posición fetal.
 
Cuando volví en mí oí de nuevo el llanto de mi hija. Ese llanto de vida y muerte que se mete en la cabeza y en las entrañas.

Entonces mi cuerpo se levantó.

Yo no fui, fue mi cuerpo. Una sensación tan extraña.

Abrí la puerta de la habitación y mis ojos no paraban de llorar.

Me sentí profundamente agradecida. Mi pareja, su padre, estaba con ella acariciándola e intentando consolar lo inconsolable.

Me miró con amor y sentí que mis rodillas flaqueaban.

Vi aquella bebé llorando y pateando con todas sus fuerzas, con la cara morada…

Entonces me acerqué, me tumbé en la cama y la abracé.

Mientras ambas llorábamos.

Puse un cojín entre sus piernas y mi barriga.

Me sentía calmada.

Tras unos minutos ella también se empezó a calmar.

Le ofrecí el pecho y lo cogió.

Con desespero al principio, luego se fue relajando.

Ambas nos quedamos profundamente dormidas.

 
¿Sabes lo que aprendí?— Me dijo.
 
La miré con un gesto de interrogación.
 
—Que permitirme mi furia me ayudó a poder acercarme a ella de nuevo.

Que imaginarme matándola me permitió sacar toda la rabia, el dolor y la frustración fuera y que eso me ayudó para volver a acogerla con amor.

Que necesitaba pasar por ahí y que no soy un monstruo por eso.

Asentí con la cabeza, no había nada que decir.

Solo gratitud por semejante confesión.

 
Años después sigo aprendiendo de lo que me compartió esta persona.

Porque lo que hay es lo que hay.

Sea rabia, tristeza, dolor, frustración, pena, ansiedad…

Lo importante es qué haces con eso.

¿Qué es lo más importante para ti, lo que deseas en lo más profundo de tu ser?

Y para eso no te niegues nada.

Pasa por donde tengas que pasar, no te saltes ningún paso. No te niegues lo que hay.

Lo que hay es el trampolín desde el que llegar a tu deseo más poderoso. El de mi amiga era el amor por su hija.

Permítete todo. Apunta con claridad hacia eso que es más grande que tú misma y que te incluye.

Hasta que tu cuerpo se levante y resucite de entre los muertos.

Hasta que la Vida te posea irremediablemente.

Para que tu vida sea irremediablemente vivida, por ti, en su máximo esplendor y plenitud.


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