En una hora

A veces una sola palabra esconde una historia que no recordabas que llevabas dentro.

El otro día en terapia Carles me dijo que no conseguía hacer todas las cosas que quería, que se dispersaba, se bloqueaba y al final no hacía casi nada.

Es un caso muy raro en nuestros días pero a veces pasa (nótese la ironía).

Así que estuvimos revisando varias “cositas” en la sesión y al final hice algo que no suelo hacer, le dije:

“¿Qué te parecería probar a hacerte la siguiente pregunta?:

  • ¿Qué es lo más importante que quiero hacer en la próxima hora?

Lo haces y cuando lo acabes te vuelves a hacer la misma pregunta.”

¿Le habrá funcionado?

Ni idea porque en la siguiente sesión había una emergencia y no tratamos del tema. A ver si le pregunto en la próxima.

Lo que ha hecho él no lo sé, pero sí sé lo que he hecho yo.

Porque señoras y señores, debo confesarlo, a mí también me pasa.

Lo de despistarme e irme de Pinto a Valdemoro, saltando de un sitio a otro y al final del día con la sensación de haber avanzado poco en lo que quería hacer.

Así que me tomé mi propio jarabe a ver cómo sabía (por listillo).

¿Qué es lo más importante que quiero hacer la próxima hora?

Y vi cómo se habría el infierno dentro de mí.

“Pues no sé, muchas cosas, en una hora no sé, no me va a dar tiempo”.

Ajá, el primer paso ya asomaba.

“Tengo que subdividir las tareas que creo que van a llevar más de una hora y centrarme solo en lo que quiero hacer la próxima hora”.

“No solo hacer, terminar.”

“Terminar es la palabra.”

Y entonces una sensación incómoda me tomó el estómago.

“Termínate la comida”, “¿Todavía no has terminado de hacer los deberes?”. “Hasta que no termines no sales al recreo”. “No he terminado el trabajo a tiempo”. “Nuestra relación ha terminado” …

No sé, de repente la palabra “terminar” me sabía a bomba, a guerra, a amenaza y me producía un malestar en el cuerpo.

Retrocedí un paso y escogí la palabra “hacer”. Tampoco me sentaba bien.

Mierda, pensé.

Si no puedo “hacer” ni “terminar” estoy jodido.

Entonces me vino la palabra “jugar”.

Sacrilegio, es algo serio esto, no puedes jugar.

Vale.

Sin embargo: “¿A qué quiero jugar la próxima hora?”

Algo se relajó en mí y me dije:

“No es tan serio, ni tan importante, solo relájate y conecta con el disfrute de lo que haces.”

Ahora entiendo por qué no suelo hacer esas propuestas.

Porque parece fácil, pero no.

Una simple palabra, una frase, tiene muchas voces detrás.

Voces que no son la nuestra pero que actúan como si lo fueran.

Voces que conviene soltar.

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