Es sábado al mediodía.
Estamos invitados a comer pollos a l’ast.
Más gente que de costumbre en esa casa.
Falta una silla.
—¿Dónde te sientas tú?
—No te preocupes ya cojo un taburete de la cocina— dice la anfitriona de cincuenta y pico.
—¿Pero no hay más sillas?
—No hace falta yo ya me apaño con el taburete, estoy acostumbrada.
—¿Pero hay o no hay?
—Sí, sí, pero están en la habitación y tienen libros encima.
—Pues entonces te la voy a buscar. — Con ella tengo la confianza suficiente para hacer esto.
—Bu…, bueno, como quieras.— Dice un poco descolocada. Le traigo la silla.
Nos sentamos.
Comemos y disfrutamos de la sobremesa.
En un momento coincidimos en el pasillo.
—Curioso que teniendo sillas tú ibas a sentarte en un taburete, ¿no?
—¿Qué quieres decir?
—Pues eso. Que para ti cualquier cosa vale.
—Que te conformas con un taburete. Aunque haya disponibles mejores opciones a tu alcance.
⊙▂⊙º … (cara ojiplática)
Tres
Dos
Uno
—Ya, ya. Me doy cuenta.
—Ah, ¿sí?
—Bueno, veo que yo no le hubiera puesto el taburete a nadie de los que habéis venido, pero para mí está bien.
—Vaya, ¿acaso no te mereces estar cómoda en tu casa para poder disfrutar más de la comida y la compañía?
—Es que no me doy ni cuenta, lo hago sin pensar.
—Pues por eso.
Mira, mi madre nos explicó muchas veces que la abuela se quitaba el pan de la boca para dárselo a sus hijos. Mi madre siempre se comía ella la comida sobrada del día anterior. Siempre la última para todo. ¿Te suena?—
Se quedó pensativa.
—¡Ostia!
Silencio.
—Pues la verdad que sí me suena.
—Pues ahí lo tienes. Eso es lo que se esconde detrás de tu taburete.
…
—¡Joder!
…
—¡Joder!
—Sí, sí.
—Pero si a mí me parecía una tontería que no tenía importancia.
—Ya y ¿qué te parece ahora?
—¡Joder!
—Pues eso.
Yo regresé a la mesa y ella se dirigió al baño meneando la cabeza como quien no se lo acaba de creer.
Y así es como se transmiten los mandatos, las creencias, los patrones…
De abuelos a hijos, de hijos a nietos…
Muchas veces sin decir nada, solo con lo que se hace.
En su origen, cuando no había pan suficiente para todos, tal vez tuvo sentido que la abuela se quitara el pan de la boca para dárselo a sus hijos.
Ahora ya no tiene sentido quitarse la silla si la hay.
No tiene sentido vivir en la miseria si la miseria no es real.
Pero el lenguaje sin palabras es muy poderoso y el amor por la abuela muy fuerte:
—Mira abuela, ¿ves? Yo soy como tú.
—¿Ves? Hago lo mismo que tú.
—¿Ves? Me sacrifico por los demás.
—¿Ves? Soy tu nieta.
—¿Ves? Te amo.
Ya es tiempo de que nosotros también veamos…
Lo que estamos haciendo. Y qué sentido tiene, ahora.
Si te apetece ver tú también, y sentarte donde te corresponde, esto puede ayudarte a cambiar la mirada.
Tu sacrificio ya no es necesario.