Marruecos

Cuando un viaje termina enseñándote mucho más de lo que esperabas.

Nunca había estado en Marruecos, hasta hace unos días.

Fuimos un grupo de catorce personas.

Y a la vuelta:

—¿Qué tal Marruecos?

Hay dos respuestas:

—Muy bien

Y la otra:

—¿Tienes la próxima hora libre? 
         
Porque no se puede resumir en un “bien”.

Solo tengo clara una cosa, es un calidoscopio y si preguntas a cada uno de los que estuvimos allí cada uno te dirá cosas distintas.

El Marruecos que te agobia intentando venderte a precio de turista. (Eso me pasó a mí los tres primeros días).

El que te sorprende con la mirada sonriente de una viejecita (que te ofrece agua desde una ventanita minúscula).

El que se presenta ruidoso, caótico y que te transporta a otro tiempo.

El moderno.

El que se muestra calmado y sereno al torcer hacia una calle sin salida.

La gente amable, de verdad.

El que te acoge y te sobrecoge, sin entenderlo.

El paisaje que te habla.

La luz.

El tagine de pollo que ya te sale por las orejas.

El cuentacuentos en la hoguera.

La extraña sensación de familiaridad.

De que el tiempo transcurre de otra manera.

 
Lo dejo aquí porque sé que no tienes una hora.

 
El paisaje de Marruecos me contó un cuento.

En las interminables horas de autobús de una ciudad a otra.

Me dijo que hace mucho tiempo todos éramos una sola familia. Una familia unida y amada. Eran tiempos difíciles y al crecer la familia algunos decidieron marcharse.

Ya sabes, con la esperanza de encontrar algo mejor.

Se despidieron con gran tristeza y pleno entendimiento.

Deseándose lo mejor.

Y así pasaron años.

Siglos.

Y las familias fueron expandiéndose por nuevos territorios.

Incluso llegaron a olvidar que eran familia.

Algunos empezaron a mirarse como enemigos a los que temer, a los que matar.

Pero allí estaba yo, volviendo a casa.

No me preguntes, pero eso es lo que sentí.

A un tiempo muy lejano.

Y sabes ¿qué me dijo la montaña?

Que volvía a traerle regalos a mi familia.

Después de tanto tiempo…

Y que no me preocupase si me cobraban más caras las cosas a mí. Simplemente yo les traía regalos.

Regalos, no limosna.

Para mantener su dignidad intacta yo pagaba por sus productos más que los marroquíes. Porque era mi forma de traerles un regalo sin ponerme por encima de ellos.

Y ¿cómo sé que este cuento es cierto? (para mí).

Porque me puse a llorar y a sollozar en el autobús sin poder evitarlo.

Y porque tengo los ojos húmedos y trago saliva en este instante.

Porque sentí que son mi familia.

Y cuando honras a la familia algo dentro de ti se sana.

Porque entiendes con todo tu Ser.

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